Acabo de renunciar para siempre al cuento de "Second Life". Un programita o jueguecito donde tienes una identidad virtual; o sea que eres otro, como dijo un poeta francés muy loco. Quise bifurcarme tras leer el artículo de Mantilla pero la historia ya no daba más de sí. Como persona virtual era un inútil. Aunque esto del loco y de la identidad me ha hecho pensar en otro de mis locos favoritos. El caradura Godard, un majareta de categoría. Las películas que ha hecho no las he entendido nunca pero sospecho, si mi francés rácano no miente, que lo hace a propósito. O no cabe en la cabeza que a medio film una señorita pregunte al camarero si es cierto que cuando habla está viviendo.
- No sé... vivimos una vida cuando hablamos y otra cuando callamos... así que mientras hablas tu otra vida está muerta.
Y dicha la salvajada le devuelve el cambio, menuda compañía para compartir cogorzas. Luego están sus personajes acróbatas: todos acaban muertos. Los mata a todos y sus historias le importan un comino, fuegos artificiales.
Recuerdo una entrevista en la que Godard hablaba sobre el cine. "Existe lo visible y lo invisible. Si sólo filmas lo visible, lo que haces es un telefilme. Por lo demás al final mueren todos". Razón de más para mi suicidio virtual.
Me comenta un amigo que quiere recopilar un listado de músicos fugaces. Es decir, que compusieron su primera obra y sin añadir nada más se retiraron. Algo así como lo que hizo Vila-Matas (Bartleby y compañía) pero en clave musical. Poco sé del tema, aunque intento ayudarle:
-Jeff Buckley –le digo-, sacó un álbum en los 90 y desapareció.
-Genio, dice, acabas de acertar el único de mi lista.
En cualquier caso nos perdonamos, empezar por Buckley es un buen comienzo. Su desaparición se produjo en circunstancias extrañas y ha quedado mitificada por sus seguidores. El 29 de mayo de 1997 Buckley, a punto de cumplir los 30, fue con un amigo a la orilla del río Wolf, en Tennesee. Allí pasaron la mañana charlando, escuchando Led Zeppelin. De repente Buckley se incorporó. Voy a darme un baño, dijo, y totalmente vestido se metió en el agua. Cinco días después encontraron su cuerpo, río abajo. Nunca quedó claro si fue un suicidio.
Descubrí a Buckley cuando ya no era un músico sino una leyenda. Sus canciones calan hondo. Su música hipnotiza, con una voz capaz de cubrir más de cuatro octavas, algo insólito para un cantante de música pop. Su versión de la Hallelujah de Leonard Cohen supera con creces a la original.
Pero lo más fascinante es la trayectoria que siguió tras el gran éxito de su primer -y único- disco. Las exigencias de la indústria lo angustiaron y pasó más de dos años de gira mundial en una especie de huida general de todo. Angustiado, torturado. Esos años de fuga son una historia apasionante que daría mucho juego en una novela o en una película. Buckley escribió una nota quejándose de haber perdido el anonimato del que disfrutaba cuando tocaba en pequeños cafés y otros tugurios, donde investigaba y buscaba nuevos caminos. "Había trabajado muy duro para conseguir ese entorno. Lo amaba y, ahora que lo he perdido, lo echo de menos. Lo único que estoy haciendo es reclamarlo".
Extraño destino. El río Wolf le devolvió ese anonimato al tiempo que le convirtió en leyenda. Me parece ver el título de la película: The Wolf River. La banda sonora sería de Buckley y de Radiohead. Otro éxito seguro, como el que desgarró su vida.
De un simulacro irá este blog. Del simulacro de un estreno, de una primera vez. Simulacros de ser algo o de aparentarlo. De vuelos de altas alturas y pajotes rasantesy viceversa.
Nada nuevo, ideas autogestionadas y copiadas. Hablando claro: copiaré aquí todo lo que me guste, haré collage de cuanto caiga en mis manos, lo robaré todo escriba cualquier otro o yo mismo. Porque cuando todo se venga abajo las grajas seguirán volando; y pajarear será siempre un arte. Pipiu, pipiueta.